martes, 11 de marzo de 2014

“No podía decir a mi madre que había tenido una pistola en la cabeza o que estaba siendo maltratada”

Autor: Alejandro Alcolea
Autor: Alejandro Alcolea
Por su color carbón y sus ojos esmeraldas, la pantera negra ha sido el personaje central de algunas historias de terror. En esta historia, esta pantera, que no puede revelar su identidad como consecuencia del miedo que aún invade su cuerpo, ha tenido que hacer frente a una situación de maltrato durante once años. Tras mucho tiempo en el que ha intentado recobrar el negro pelaje que los golpes magullaron, ha vuelto a recuperar su fuerza felina y trata de ayudar a aquellas personas que se encuentran en su misma situación. 

Infoactualidad: Tras haber pasado por una situación como el maltrato, ¿Podría decir que lo ha superado actualmente?
Pantera negra: Sí, se puede decir que soy una superviviente.
I.: ¿Cómo se siente ahora mismo?
P.N.: Muy bien, la verdad es que salí hace cinco años de la situación de maltrato y lo que me hizo crecer fue la necesidad de ayudar a otras mujeres que estaban en la misma necesidad que la mía. Conseguí salir adelante después de una terapia gratuita de dos años, ya que no tenía recursos, porque no lo denuncié.
I: ¿Por qué no lo denunció?
P.N.: Por miedo. Yo estaba amenazada de muerte. Entonces sabía que en el momento en que lo denunciara era un hándicaps más para que me amenazara con una pistola o me diera un palo por la calle.
I.: ¿Es difícil denunciarlo?
P.N.: Es muy complicado. Primero tienes que asumir que eres una mujer maltratada. Eso hoy en día es más fácil, pero con todo y con eso cuesta asumirlo sobretodo si no tienes un maltrato físico abusivo. El maltrato más fuerte que hay es el psicológico, que es el que te machaca, que es además el previo al físico. Tú no sabes que estás siendo muchas veces maltratada. En muchos casos piensas que es una regañina de pareja. El maltrato psicológico llega a unos límites que ya no puedes controlar y cuesta mucho trabajo el darse cuenta que estás siendo maltratada.
I.: Es algo progresivo…
P.N.: Claro, ningún maltratador llega y el primer día te suelta una bofetada.
I.: ¿Cuándo empezó el maltrato físico?
P.N.: Al año, o una cosa así. Siempre empieza siendo psicológico. Hay una serie de cosas en la que te puedes dar cuenta que hay un maltrato. Dejarte sin amigas, dejarte aislado de la familia, cuando te dice “no te pongas esto”…
I.: ¿Cómo fue la primera situación de maltrato físico que sufrió?
P.N.: Después de una discusión, que puede venir de cualquier tema; desde haber movido un cenicero que no le gusta, o algo que te has puesto que no le ha agradado, e incluso si has mirado mal a alguna persona que ha pasado por la calle. Esa primera vez me puse un cinturón que no le gustaba y me pegó un puñetazo en el pecho. Me quedé un poco mal, pero luego te recuperas.
I.: En esos momentos ¿en qué se refugiaba?
P.N.: En el futuro, en pensar que algún día puedo salir de ahí, si no te mueres. En pensar qué iba a hacer cuando me fuera. Pensaba que lo peor que podía pasarme era que yo me quedara ahí para siempre. Sin embargo, aunque yo me quedara, sabía que mis hijos sí podrían marcharse. Ellos tenían a su padre, a su familia y tendrían su trabajo.
I.: ¿Tienen hijos en común?
P.N.: No, gracias a Dios no. Yo tenía dos hijos de mi relación anterior. Nosotros no estábamos casados, éramos pareja.
I.: ¿Y sus hijos veían toda la situación que había?
P.N.: Sí, lo que pasa es que no eran conscientes. Cuando no hay un maltrato físico, el psicológico es menos visible. Lo vivían de otra manera. Mis hijos eran más pequeños. Mi hija tenía 2 años, el niño tenía 9, pero aun así cuesta trabajo. El mayor se fue con mi madre al final y 10 años después yo me fui con la niña. En el 90% de las situaciones ellos no estaban delante. Sin embargo, me obligaba, por ejemplo, a castigar a mis hijos por orden suya.
I.: ¿El que no fuera él el padre influía?
P.N.: No, pienso que los maltratadores lo hacen igual. El maltrato era hacia mí y a quien quería hacer daño era a mí.
I.: ¿Llegó a maltratar a sus hijos en alguna ocasión?
P.N.: Psicológicamente sí, físicamente no.
I.: ¿El padre de sus hijos conocía la situación?
P.N.: Sí que lo sabía, pero no podía hacer nada. Además yo le pedí que se mantuviera al margen porque yo sabía el peligro que corría; era el primer amenazado.
I.: ¿Once años aguantando?
P.N.: En los primeros dos años y medio me fui siete veces de casa y volví. Con todo lo que ello implica; llévate hijos, llévate tus cosas… Las primeras veces volví por miedo, pero ya las últimas veces vuelves por dependencia emocional. Es como una droga. Tú caes tan bajo en la autoestima que en cuanto tienes un problema fuera él es el que te sirve de refugio. Es como cuando un alcohólico se refugia en la bebida. Tú eres una mierda y esta persona te dice lo que hay que hacer.
I.: ¿Cómo actuó su familia en todo esto?
P.N.: Al principio preocupados, pero claro, después de siete veces, piensan o que estás loca o que eres una mala madre. Yo en una ocasión tuve que dejar mi casa y a mis hijos con mi madre, porque él cambió de trabajo y se fue de ciudad y yo tuve que seguirle bajo amenaza de muerte. Sin poder decir nada tuve que dejar a mis hijos en un par de ocasiones, entonces la familia dice “esta tía está loca”. Cuando tú no lo dices es primero por vergüenza, parece una incongruencia, pero es así, y luego por miedo. En cuanto digas una cosa en contra de esta persona sabes que puedes…
I.: ¿Se ha sentido apoyada en su entorno?
P.N.: Sí, lo que pasa es que te queda tan lejano… Yo me quedé sin amigas, me quedé casi sin familia, porque te va aislando poco a poco. Y tú para que no pase nada y no le pase nada a tu familia no les cuentas nada.
I. ¿A quién fue a la primera persona a la que le dijo que era una mujer maltratada?
P.N.: No como tal. No llegas y le dices: “soy una mujer maltratada”. A mi madre le confesé una de las veces que lo estaba pasando mal. Lo dices de una manera que la gente se entere sin tu explicarlo del todo. Cuando yo realmente lo dije fue cuando fui a la psicóloga. A mi familia no le podía expresar todo lo que me estaba pasando. No podía decirle a mi madre que había tenido una pistola en la cabeza o que me había pegado.
I.: ¿llegó a tener una pistola en la cabeza?
P-N.: Sí.
I.: ¿Y de dónde sacó el arma?
P.N.: Él tenía armas, porque trabajaba con armas.
I.: ¿Era policía…?
P.N.: No… Él trabajaba en seguridad.
I.: En seguridad…
P.N.: Yo he sufrido todos los tipos de maltrato que pudiera haber. Desde el sexual, el físico, el económico… Eso para mí fue lo de menos. Era muchísimo más doloroso por ejemplo que al venir de la calle, en alguna ocasión, me bajara las bragas para ver si había hecho algo con alguien. Eso era más humillante que que te dieran un bofetón o que te echara la bronca por saludar a alguien por la calle.
I. ¿Hasta qué punto cree que le podría haber llevado el miedo?
P.N.: Hay mujeres que están siendo maltratada que le plantan cara al agresor, pero no son capaces de irse, ya que lo que les mantiene ahí es el enganche emocional. En mi caso no, porque él medía 1,90 y era como un armario empotrado, sabía que tenía todas las de perder.
I. ¿Pensó alguna vez en acabar con su vida mientras dormía?
P.N.: No, pero sí que pensaba algunas veces qué pasaría si no viniera. Muchas mujeres en la misma situación piensan qué pasaría si no viniera, o si le diera un infarto o se le cae una teja encima. Es una manera e liberarte de algo que no puedes escapar.
I.: ¿A pesar de todo le quería?
P.N.: No, es un enganche emocional. No estás enamorado. Te sientas y reflexionas que quieres salir de ahí y no sabes cómo. Yo decía que necesitaba que me cogiera una mano por la calle y desaparecer. Yo sabía que me podía encontrar en cualquier momento.
I.: ¿Era celoso?
P.N.: Sí, la mayoría de los maltratadores piensan que la mujer es su posesión y tienen que hacer lo que ellos te digan, a parte de los celos. Si actúan mal con una mujer ellos piensan que es porque se lo merece.
I.: Decía también que había abusado sexualmente de usted…
P.N.: No es que mantener relaciones con él fuera un abuso. Sino que cuando yo no quería tenía que obedecerle o hacerle lo que él quería. Al margen de tener relaciones sexuales todos los días con él, consentidas o no consentidas, yo vivía con él, nos acostábamos juntos… Pero al margen de eso había relaciones forzadas. “Tú vas a hacerme esto ahora mismo”. Sin preguntar si me apetecía o no.
I.: Después de todo lo que cuenta, ¿Era posible actuar con normalidad?
P.N.: No, yo tenía una calle, que era por la que podía ir a las compras, otra calle para ir al trabajo, que era su negocio. Yo estuve trabajando siete años allí, sin cotizar, sin cobrar, sin nada. Yo tenía mi ruta de vida y no me podía salir de ahí. Cuando él recibía visitas masculinas, algún amigo, algún compañero, yo me tenía que esconder en la habitación.
I.: ¿Cómo era él ante la gente?
P.N.: Él para la gente era un tipo extraordinario. El mejor vecino, el mejor amigo… La gente no pensaba que eso pudiera pasar en casa.
I.: Existe ese sentimiento de a ver si cambia…
P.N.: Claro, en una situación de violencia es así. Está la típica luna de miel, que se comporta contigo estupendamente. Y luego cambia, y es cuando viene el maltrato. Luego te pide perdón, o te hace un regalo. Si fuera siempre violento te irías. Es como la droga, te pone su chute y te sienta muy bien. Es como una ola, hay una etapa en la que está todo fenomenal y tú piensas que si ahora está bien a lo mejor cambia. Pero siempre vuelve el maltrato, siempre. A veces se oye a algunas mujeres maltratadas decir que lleva una semana genial con su marido, pero se sabe que va a venir después el batacazo y va a ser otra vez igual.
I.: ¿En qué momento se decide poner fin a la situación?
P.N.: La media está en 10 años u 11 años, según las estadísticas, para que una mujer de el paso.
I.: Una vez que rompió con la situación, ¿Le costó mucho volver a la vida normal?
P.N.: Sí, estuve dos años con terapia. La psicóloga me daba pautas para tener mi tiempo de ocio. Para mí era inconcebible que tuviera dos horas para comprar. Cuando una mujer se tira 10 años con un hombre no es porque sí, es porque hay todo un proceso. El 90 por ciento de las mujeres acaban con un sentimiento de culpa.


I.: ¿Hay mucha ayuda por parte de la administración?
P.N.: No, hace cinco años si no denunciabas no tenías ayuda para nada. A mi me dieron por un Máster que había en la Complutense de psicólogas. Recibí dos años de terapia. Fue lo que me ayudó. Ahora las mujeres que no lo denuncian tienen algunos derechos más.
I.: ¿Considera posible que un maltratador se reinserte en la sociedad?
P.N.: Es muy difícil. Lo primero porque no reconocen que no son maltratadores. Ellos piensan que la mujer se lo merece. Reproducen a lo mejor conductas que han visto en su familia o que han normalizado una situación de maltrato.
I. ¿Existe un perfil general de la mujer maltratada?
P.N.: No, existe un perfil del maltratador, pero de la mujer maltratada no. Tenemos desde extranjeras, hasta profesoras de universidad, casadas con catedráticos…
I. ¿Catedráticos también?
P.N.: Sí, sí…
i.: ¿Y en ese caso lo denuncian?
P.N.: El caso que yo recuerdo hubo un divorcio. Pero es más difícil cuanto más estatus, porque cuanto más poder van a creer menos en la mujer.  

I.: ¿Continúa teniendo miedo actualmente?
P.N.: Hoy por hoy hago mi vida con normalidad, pero siempre queda algo ahí presente. Aunque no se puede bajar la guardia, ya que el miedo tiene su servicio. No tengo el miedo que tenía antes. A su lado tenía prohibido entrar a los bares y otras muchas cosas.
I: ¿Ha vuelto a saber algo de él?
P.N.: Supongo que estará con una nueva pareja, pero no sé nada. Sin embargo, él sabe ahora dónde vivo, sabe todo. Lo sé porque fue al trabajo de mi hijo y se lo estuvo contando. Este año por primera vez he dado la cara públicamente ante una televisión, o en un libro, que nos pedían un testimonio. Tras cinco años me he atrevido a dar el paso, pero jamás daré su nombre. Yo sentía miedo.
I ¿Ha tenido alguna relación después?
Sí, pero ahora me lo tomo más pausado. Mi vida la he enfocado a ayudar a otras mujeres que lo necesitan. Eso me ha ayudado a salir adelante. Sólo con poder haber ayudado a una me ha merecido la pena todo lo que he vivido. Yo cuando salí de allí no me lo creía, tenía pesadillas incluso. Mi hija tiene 21 años y lo ha vivido desde que tenía tres años. Ella ha estado en terapia hasta hace poco. Ha pasado toda su infancia y adolescencia muy mal. Ahora se empieza a recuperar. Yo desarrollé una paciencia increíble. Cuando veo los problemas de mis amigas me pregunto “¿eso de verdad os preocupa?”. Cada mujer tiene una historia diferente, pero casi todas son muy parecidas.





No hay comentarios:

Publicar un comentario